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	<title>Sara Caballero , autor en El Rincón de Aquiles</title>
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	<description>Conocimiento práctico sin fecha de caducidad</description>
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	<title>Sara Caballero , autor en El Rincón de Aquiles</title>
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		<title>La música: vestigio del cielo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Sara Caballero]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 27 Jun 2025 08:20:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>¿Acaso comparte la música algo con el cielo? En ella hay muestras provenientes de lo alto, decía Marsilio Ficino, vestigios de los astros, de lo celeste, del arriba. Y cierto es que la música parece contener algo no terrenal y, cuando alcanza a tocarnos, nos sentimos nosotros también, por un momento, fuera de lo mundano. [&#8230;]</p>
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<p><strong>¿Acaso comparte la música algo con el cielo?</strong> En ella hay muestras provenientes de lo alto, decía Marsilio Ficino, vestigios de los astros, de lo celeste, del arriba. Y cierto es que la música parece contener algo no terrenal y, cuando alcanza a tocarnos, nos sentimos nosotros también, por un momento, fuera de lo mundano.</p>



<p>La música se nos inserta en la vida vistiendo nuestra cotidianidad. Por un lado, es una tregua con el afuera, un callarse del ruido, un lugar en el que uno puede ensimismarse y recorrerse por dentro. Por otro, es un acompañamiento con lo que nos ocurre en nuestro día a día, con lo que batallamos y con lo que gustamos. <strong>La música es el ropaje con el que vestimos nuestra biografía.</strong></p>



<p>Todo lo que nos vive dentro, lo tierno y lo amargo, es arrastrado y acercado por la música a nuestra orilla, a la piel. Nos pone frente a ello y, como si de una pendiente se tratase, caemos empujados por ella en nosotros mismos. Después, acaba su sonar, pero permanece con nosotros la secuela, la melancolía. Y, aunque su melodía nos asiste, sobre todo, en las luchas con el afuera, no debe confundirse su escuchar con la huida. <strong>La música es un modo de atrincheramiento, no de retirada.</strong></p>



<p>Al escucharla, hace nacer en nosotros unas aberturas propias, un camino que es suyo y certero. <strong>En lo que emana a causa de ella no hay mentira</strong>. Uno se duele, se irrita, se cuestiona, se alegra o se agita. No se la puede engañar ni esquivar, recorre un camino que siendo nuestro es suyo también y la emoción que nos nace de ella no podría darse de otra forma que no fuera en su escuchar.</p>



<p>Razón de esta certeza es la involuntariedad en lo que nos hace sentir. La música <strong>evoca agitaciones sin que nosotros se lo consintamos</strong>, este <em>sin querer </em>es a veces dulce, otras, muy doliente. Lo que se piensa y se siente mientras la música nos está ocurriendo es completamente cierto: en quién piensas con cierta melodía, qué recuerdo traen a flote esas notas, qué camino recorrías cuando escuchabas aquel grupo, qué rostro se desentierra al escuchar ese viejo álbum, qué momento se desempolva en ti con esa estrofa.</p>



<p>Las armonías descienden de algún lugar y habitan en nuestro mundo terreno. Pero únicamente conmueven aquellos corazones que tienen pasiones vivas. Emocionan el espíritu de aquellos cuyo corazón tienen razones para latir. Por ello, debemos alarmarnos y no depositar nuestra confianza en el hombre que no se regocija con las armonías musicales, pues su fondo sufre una gran carencia. Nos lo advertía ya Shakespeare:</p>



<p><em>El hombre que no tiene música en sí mismo, ni se conmueve con la concordia de dulces sonidos, es apto para traiciones, estratagemas y rapiñas; los movimientos de su espíritu son sombríos como la noche, y sus afectos son tan oscuros como el Erebo: no se puede confiar en tal hombre.</em></p>



<p>Tanto el poeta inglés como el filósofo renacentista parecían coincidir en lo esencial. Ambos entendieron que la música tiene <strong>un poder singular sobre el ánimo del hombre</strong> y, en ella, parece residir algo que no pertenece enteramente a este mundo.</p>



<p>Ficino, será que sí, que tenías razón: la música tiene algo de celeste y el punto álgido al que llegamos con ella no es alcanzable de otra forma que no sea en su escuchar.</p>
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		<title>La diáspora del lamento</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Sara Caballero]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 08 Dec 2024 15:57:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Filosofía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Ocurre a menudo: uno se despierta a su vida, se dispone a seguir con ella desde donde la dejó ayer y en el camino se tropieza, de vez en cuando, con una tristeza. A veces parece como si ella supiera de antemano por dónde íbamos a pasar y se encontrara esperando, pacientemente, el momento exacto [&#8230;]</p>
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<p>Ocurre a menudo: uno se despierta a su vida, se dispone a seguir con ella desde donde la dejó ayer y en el camino se tropieza, de vez en cuando, con una tristeza. A veces parece como si ella supiera de antemano por dónde íbamos a pasar y se encontrara esperando, pacientemente, el momento exacto para aparecérsenos.</p>



<p>No les cuento nada sorprendente, no es novedad alguna que en nuestro recorrido vital nos dolemos, que no hay forma posible de salir ileso de la vida, que no hay biografía que no cargue alguna pena. Sin embargo, al mirar de cerca este hecho, creo haber descubierto algo importante que está siendo ignorado: <strong>la diáspora, la comunidad que nace por compartir el lamento</strong>.</p>



<p>Toda vida carga dolencias, pesares con distinta causa y efecto, tantos y tan dispares como las carnes que los guardan. Son los cuerpos los que los llevan internos, mas son ellos los que están apresados: <strong>los lamentos nos viven dentro sin habernos preguntado.</strong> Lamentar es, desde cada individualidad, estar en común con el otro, que también vive con una pena dentro. Cada vida es una, pero en la dolencia se hace colectiva, se <em>toca </em>aquello que vive en el otro también. Las penas son un lazo que, en nuestra dispersión, nos unen, son copulativas. <strong>Esto es la diáspora del lamento: compartir la existencia de alguna pena</strong>.</p>



<p>Si realizáramos una profunda labor arqueológica en los fondos de cada individuo, descubriríamos que ninguno de ellos se encuentra vacío de pesar. Los sollozos son distintos, pues lloran lo que ocurre en cada biografía concreta, pero el lugar en el que habitan es el mismo, solo cambia la carne que los guarda. Debajo de cada piel hay, pues, siempre algún lamento. Se encuentran en la parte más baja del pecho, la más honda, es la zona más irritable de carne viva que guardamos, es el lugar donde uno siente que&nbsp;<em>vuelca</em>. Y así es, por su hondura, este lugar en el que guardamos el pesar es vertiginoso y no existe cuerpo en el que no esté presente.&nbsp;</p>



<p>Aunque el lamento se halla en nuestra zona más recóndita, siempre encuentra un lugar para salir y pronunciarse -porque lo necesita-. El lamento asciende por las porosidades que va encontrado en su camino hacia la superficie. A veces es escurridizo y no se deja ver, otras, sin embargo, se anuncia claramente. Se lee en los rostros, en los ojos, en los cuerpos y en las palabras. Se advierten caras apenadas, miradas vacías, cuerpos afligidos, voces dolidas. Aun allí donde parece escondérsenos, está golpeando por debajo, siempre existe en el subsuelo, aunque en ese mismo instante no esté causando ningún incendio. Cada biografía con la que nos cruzamos, retiene siempre en sus adentros algún lamento que la está agitando.</p>



<p>Si el lamento nos es común, si no existe cuerpo en el que no resida, surge la siguiente cuestión: <strong>¿es sensato intentar escapar de él si siempre está por venir? </strong>¿Intentar ignorarlo? Hay quien podría pensar que negarse a aceptar el advenimiento del dolor es el mejor camino, no quererse nunca dolido. <a href="https://elrincondeaquiles.com/efecto-rebote-estoicismo/">Camino extremadamente peligroso es este</a>: aquel que cree que las dolencias deben ser sentenciadas al silencio está acallando también sus más íntimos espacios, partes de su propiedad. Este escenario de negación es contrario a lo que nuestra arquitectura interna demanda, nos intenta arrancar sentires a los que les corresponde vivirnos dentro. Aquel que aspira a no albergar ruinas, solo puede guardar desiertos carentes de historia. Aquel que quiere arrancarse el lamento, se vacía también él. No se le puede negar a la pena un espacio que es suyo. </p>



<p>Al lamento, por tanto, hay que esperarlo -porque siempre llega -, arroparlo y saberse con él para saber qué hacer con él. No hay éxodo definitivo. En las distintas vidas, escribiéndose cada una a sí mismas, reposa una comunidad: la del lamento que no se va del todo jamás. <strong>En este <em>no poder evitarlo </em>somos todos uno, análogos en la pena, más comunes</strong>.</p>



<p>Podría parecernos que aceptar el lamento es aceptarse vencido, sin embargo, encontramos dos posiciones ante la pena inevitable entre las que hemos de elegir: <strong>la absurdez de construir un relato vital en el que el lamento siempre nos alcanza o la lucidez de proporcionar asedio a una existencia lamentada</strong>. </p>
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		<title>El pesar de la palabra dicha</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Sara Caballero]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 01 Sep 2024 16:58:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La palabra, al ser dicha, cae. Esto es porque tiene peso. Y pesan aquellas cosas que tienen cuerpo. La palabra tiene uno, concreto, determinado.&#160;Sale de una boca pronunciante, boca que es de una carne, carne que es de un alguien, alguien que es&#160;el otro, otro que es&#160;nuestro&#160;otro. El cuerpo de la palabra dicha tiene un [&#8230;]</p>
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<p>La palabra, al ser dicha, cae. Esto es porque tiene peso. Y pesan aquellas cosas que tienen cuerpo. La palabra tiene uno, concreto, determinado.&nbsp;Sale de una boca pronunciante, boca que es de una carne, carne que es de un alguien, alguien que es&nbsp;<em>el otro</em>, otro que es&nbsp;<em>nuestro</em>&nbsp;otro. El cuerpo de la palabra dicha tiene un remitente y un remitido, nos es destinada. La palabra tiene, por tanto, además del cuerpo, dirección y contexto, no es azarosa, es nacida&nbsp;<em>desde</em>&nbsp;y se dirige&nbsp;<em>hacia</em>.</p>



<p>Hay palabras sobre las que tenemos cierto poder de decisión sobre cuándo queremos que nos sean dirigidas. Ocurre, por ejemplo, con la música o la lectura. Uno escoge el momento y el lugar, la canción y la obra. Las selecciona y coloca en un contexto. No nos son lanzadas, más bien nos las vertimos nosotros mismos. Uno abre una página o acude a un concierto con una actitud de espera. En esa espera cabe la sorpresa, por supuesto, pero se cuenta con ella, se está abierto a su secuela. <strong>Esto cambia cuando entra en juego&nbsp;<em>el otro</em>&nbsp;y su entramado vital, cuyo discurso no podemos del todo prever y nos es ineludible, nos entrecruzamos con él necesariamente.</strong></p>



<p>La palabra del otro que va a nuestro encuentro, al ser pronunciada y habernos llegado, tiene la posibilidad de la fundición. Aquello que es dicho puede quedarse en quien lo recibe y crear un sitio suyo. Necesita para ello un cierto filo, una parte de cuerpo cortante que pueda cavar en el nuestro, crear una zanja. En este lugar se fija y nos trae dolencias o delicias. Nos produce sumo placer o sentimos como una punzada su sonar. De aquellas que causan aflicción más exacto es decir que, en lugar de peso, tienen&nbsp;<em>pesar</em>, porque están llenas por la pena.</p>



<p>El cuerpo de estas palabras que se nos instalan está vivo. <strong>Aun habiendo sido ya dichas, nos siguen hablando</strong>. Esta viveza suya no puede ser calculada, <a href="https://elrincondeaquiles.com/ultimas-veces-no-sabidas/">no sabemos cuándo dejarán de acompañarnos</a>, ni tampoco si serán mano amiga o perjuicio. Tienen la condición de la adherencia en la carne sobre la que caen, y quiere uno sentirlas derramadas en sí indefinidamente si son gracia o quitárselas de encima cuando son dolencia, devolverlas a donde fueron dichas. Un&nbsp;<em>adiós</em>&nbsp;que se repite, un&nbsp;<em>te quiero</em>&nbsp;que se niega a irse, un halago que sigue acompañando, un verbo que sigue manifestándose con agrado…</p>



<p>Las palabras que se quedan o son punzantes o son salvíficas. Llegan, se derraman, afligen o deleitan, permanecen o se esfuman. Por tal razón, porque el arraigo que va a causar en quien la recibe no es certero, al decirlas, <strong>hay que retenerlas un momento, dudarlas un segundo antes de darles su vuelo.</strong></p>
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		<title>Las últimas veces no sabidas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Sara Caballero]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 02 Jul 2024 08:52:17 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Está llena la vida de&#160;veces, de enlaces, una sucesión de días, cada uno con su drama e historia, que van desembocando uno tras otro en la noche, entregándose el relevo en el amanecer. Algunas de estas veces de las que se nos llena la vida son, inevitablemente, últimas. En ocasiones se sabe de su llegada [&#8230;]</p>
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<p>Está llena la vida de&nbsp;<em>veces</em>, de enlaces, una sucesión de días, cada uno con su drama e historia, que van desembocando uno tras otro en la noche, entregándose el relevo en el amanecer.</p>



<p>Algunas de estas veces de las que se nos llena la vida son, inevitablemente, últimas. En ocasiones se sabe de su llegada y, aunque con disgusto por no querer verlas marchar, se tiene oportunidad de despedirlas. Otras veces se espera con ansia su término, se las quiere ver acabadas por causarnos hastío y se alegra uno cuando no se carga más su tiempo con ellas. Y, entre todas estas últimas veces que componen el entramado vital, existe una especie que supone una real y constante amenaza a nuestros días: la no sabida y aún esperada.</p>



<p><strong>Las últimas veces no sabidas son aquellas que han partido en silencio, de puntillas y sin despedirse</strong>. No se cae en la cuenta de su falta porque no se las ha visto marchar, por tanto, se las sigue esperando, se las&nbsp;<em>da por hechas</em>, se diluyen en lo cotidiano. Solo el tiempo, con su irremediable paso, nos deja pistas de esta ausencia, aunque casi nunca tomamos algo de él para preguntarnos sobre las veces que llenan nuestras vidas.</p>



<p>Las primeras veces siempre son siempre conocidas cuando llegan, se nos presentan. Pueden sorprendernos o podríamos estar ya esperándolas, pero las últimas y no sabidas son una especie de robo o de rapto. No nos preguntan, no se anuncian, solo nos quitan.&nbsp;&nbsp;Cuando sabemos de ellas que fueron las últimas, sentimos que de la vida se ha descolgado algo. Y así ha sido, en su ida, han arrastrado la parte de nosotros que aún las esperaba. Son un derrame irremediable, una fuga: la última vez que visitaste aquel lugar, cruzaste esa mirada, tocaste aquella piel, diste ese beso, hiciste aquello que amabas…</p>



<p><strong>Se pasa de pensar en <em>aquella vez</em> a <em>aquella última vez</em>, y este detalle añadido es de extrema importancia, porque la<em> </em>vez queda flanqueada</strong>. Otras están por venir, o por repetirse, pero <em>aquella última vez</em> está exiliada, no nos va a ser devuelta. Solo puede vérsela en la distancia, cada vez más lejana. Con esto se nos instala una contradicción: por un lado, el saber de la inexorable existencia de últimas veces y, por otro, la querencia, deseo y esperanza de su vuelta. Queremos volver para despedir lo que escapó, o para impedir su huida y, aun sabiendo que no es posible, no podemos evitar pretenderlo. Estas veces siguen <em>latientes</em> (procurándonos latidos) aunque ya hayan marchado.</p>



<p>Las últimas veces que queremos que nos sean devueltas –habría que preguntarse si ciertamente llegaron a ser nuestras– son aquellas que nos llenaron el ánimo. Préstese atención aquí al uso de la palabra&nbsp;<em>ánimo</em>, que proviene del latín y significa&nbsp;<em>soplo</em>, y guarda relación con el&nbsp;<em>ánima</em>, que significa&nbsp;<em>alma</em>. Puede entenderse como una especie de principio vital, un&nbsp;<em><strong>soplo para el alma</strong></em>. Anhelamos que nuestro ánimo vuelva a inundarse por esas veces, seguimos latiendo por ello. Pero vivir es un exilio constante, ir dejando para ir llegando, un empuje al que no podemos renunciar. Se nos va quedando atrás constantemente la vida sin remedio.</p>



<p>Escribe Salinas con total exactitud:</p>



<p><em>en el beso que se da</em><br><em>se estremece de impaciencia</em><br><em>el beso que se prepara</em></p>



<p>Y a mí se me murió un beso en la espera, por no saber que el último ya había sido dado.</p>
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		<title>En defensa del arrepentimiento</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Sara Caballero]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 May 2023 13:24:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Pensar mejor]]></category>
		<category><![CDATA[pensar]]></category>
		<category><![CDATA[toma de decisiones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Permítanme hoy alzar la voz en defensa de un sentir que está siendo injustamente castigado: el arrepentimiento. Parece ser que el arrepentirse es entendido como un dolor que debiera ser cancelado, que denota debilidad, inferioridad y vulnerabilidad. Es, sin embargo, una experiencia humana a la que no deberíamos dar la espalda. ¿Se imaginan un mundo [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Permítanme hoy alzar la voz en defensa de un sentir que está siendo injustamente castigado: el arrepentimiento. Parece ser que el arrepentirse es entendido como un dolor que debiera ser cancelado, que denota debilidad, inferioridad y vulnerabilidad. Es, sin embargo, una experiencia humana a la que no deberíamos dar la espalda.</p>



<p><strong>¿Se imaginan un mundo sin perdones?</strong> Encuentro constantemente a mi alrededor personas que consideran inequívocos cada uno de los pasos que han dado y, siendo incapaces de <a href="https://ethic.es/2021/10/por-que-nos-cuesta-tanto-pedir-disculpas/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">pronunciar un&nbsp;<em>lo siento</em></a><em>,&nbsp;</em>caminan cada vez más solos, incluso sin ellos mismos, por no llegar a conocerse.</p>



<p>En el arrepentimiento, uno siempre&nbsp;<em>se</em>&nbsp;arrepiente. De algo, pero somos nosotros los que&nbsp;<em>nos</em>&nbsp;dolemos en esta experiencia. Esta dolencia nos sumerge enteros y nos coloca en la raíz de la causa. Uno no tiene más remedio que mirarse a sí mismo en este dolor y protagonizarlo. Es un camino hacia el interior, de descenso, que obliga a mirar de frente lo que uno mismo ha hecho. Es quizá por ello de los dolores más difíciles de abrazar, porque es uno mismo su causante, es un doler<em>se</em>.&nbsp;<em>Me duelo</em>, podríamos decir con exactitud.</p>



<p>Este dolor que emana del arrepentido proviene de un corazón que él mismo ha golpeado: el suyo. Sabemos, al menos, que lo tiene. Y que puede romperse, o que roto ya estaba. En sus porosidades se ha adentrado y encontrado un hueco la culpa, que anidará hasta que se la mire de frente. Al verdadero arrepentido no le asusta afirmar que se equivocó y que burlaría el tiempo si pudiera,&nbsp;<em>se mira</em>&nbsp;con unos ojos que, siendo suyos, hacen de juez y sentencian. No es una rendición, no está perdido, está observándose en la culpa. De ésta quiere uno arrancarse, sin embargo, aun siendo tan insoportable a veces su sentir, <strong>es uno de los motores de cambio más potentes en la vida humana</strong>.&nbsp;</p>



<p>Lejos de ser un cobarde, el arrepentido se hace frente desarmado. Es capaz de tomar conciencia y perspectiva de los pasos dados y, tras doler<em>se,</em>&nbsp;nace en él una<strong> querencia de mejora que le acompañará el resto del camino</strong>. No se trata de castigo eterno, de sumergirnos en una culpa crónica, sino de reconocer el alcance de nuestros actos, de poner en una balanza lo hecho, lo conseguido, lo perdido y los dolidos. Sobre todo los dolidos.</p>



<p>Si cada día nos estamos escribiendo un poco más, si con cada acto estamos rellenando aquello en blanco que está por venir, si no podemos dejar de estar con nosotros mismos, ¿cuál es ese lugar al que aspiramos llegar si no volcamos lo aprendido, lo dolido y lo culpado en el&nbsp;<em>por hacer</em>?</p>



<p>Nos hacen falta más perdones nacidos del corazón.</p>
<p>La entrada <a href="https://elrincondeaquiles.com/arrepentimiento-culpa/">En defensa del arrepentimiento</a> se publicó primero en <a href="https://elrincondeaquiles.com">El Rincón de Aquiles</a>.</p>
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		<title>La inutilidad de la belleza</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Sara Caballero]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Mar 2023 12:58:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Filosofía]]></category>
		<category><![CDATA[filosofía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Nuestro repertorio lingüístico, tanto en forma como en significado, determina y condiciona la forma en la que vemos y creemos en el mundo. En función de las palabras de las que disponemos y de cómo las utilizamos y entendemos, construimos desde los cimientos tanto nuestro mundo exterior como interior. El universo de nuestro lenguaje actúa [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://elrincondeaquiles.com/la-inutilidad-de-la-belleza/">La inutilidad de la belleza</a> se publicó primero en <a href="https://elrincondeaquiles.com">El Rincón de Aquiles</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Nuestro repertorio lingüístico, tanto en forma como en significado, determina y condiciona la forma en la que vemos y creemos en el mundo. En función de las palabras de las que disponemos y de cómo las utilizamos y entendemos, construimos desde los cimientos tanto nuestro mundo exterior como interior. El universo de nuestro lenguaje actúa directamente sobre nuestra realidad, con él la definimos, la edificamos y la creemos como verdadera.</p>



<p>Pero las palabras, si bien tienen la capacidad de ser un buen vehículo para la representación de nuestra realidad, también la tienen para sesgarla y limitarla (y limitarnos).</p>



<p><strong>Cuanto más amplio sea nuestro campo lingüístico y su significación, más lejos estarán los horizontes que nos encierran. «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo», sentenciaba el filósofo Ludwig Wittgenstein, arrojando algo de luz a esta realidad que cada uno perimetramos.</strong></p>



<p>Si dirigimos la mirada, en este amplísimo tema, al concepto de utilidad, nos damos cuenta de que el sesgo ante al que aquí nos encontramos tiene implicaciones muy profundas a las que merece la pena atender.</p>



<p>En líneas generales, decimos que algo es útil cuando sirve para algo. Este servir al que aquí nos referimos está completamente integrado en nuestro entendimiento como un servir productivo, es decir, que nos acerca a la consecución de un producto. Atendiendo a esta definición, lanzo la pregunta: ¿es que acaso la belleza y su contemplación no sirven <strong>para nada?</strong></p>



<p>No parece que ni lo bello, ni su admiración, nos reporten nada útil. Las humanidades, las artes, la atención a lo sentimental y a la vida contemplativa sufren el castigo inmenso de perder el valor de servir para algo. El interés de lo humano por lo humano decae, queda sobrepasado y enterrado por una sociedad que cree y reza a una “utilidad” únicamente en términos productivos. El mundo se giró hace ya más de cinco siglos hacia nosotros con una <a href="https://filco.es/recuperar-espiritu-renacimiento/">mirada humanista</a> y, ahora que ya lo ha visto todo, vuelve a darle la espalda.</p>



<p>La <em>utilidad</em> y el <em>valor</em>, como conceptos, se han estrechado y no cabemos ya en ellos. No solo nos encontramos ante la desvirtuación de la búsqueda y contemplación de la belleza, sino que, además, se abre una puerta hacia un sendero tremendamente peligroso: la culpa. Como si de un desliz se tratase, tendemos a sentirnos culpables cuando nos damos el permiso de levantar la vista del camino del producir para, simplemente, contemplar y deleitarnos por el paisaje. Es además nuestra la voz de la conciencia que nos dice que no <em>vale</em>, en este viaje, solamente el capricho de mirar.</p>



<p>¿Ha llegado el momento de declarar la muerte al valor de la contemplación, así como lo hicimos con Dios? Cada uno se aferra a la deidad que elige, y nosotros, culpables por dejarnos golpear emocionalmente por lo bello, sentados en el perímetro de lo útil, pero con los pies colgando hacia el lado opuesto de su aceptada significación, seguiremos disfrutando de ser capaces de conmovernos por esta maravillosa inutilidad que cuelga en la belleza.</p>
<p>La entrada <a href="https://elrincondeaquiles.com/la-inutilidad-de-la-belleza/">La inutilidad de la belleza</a> se publicó primero en <a href="https://elrincondeaquiles.com">El Rincón de Aquiles</a>.</p>
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		<title>El efecto rebote del estoicismo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Sara Caballero]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 27 Nov 2022 06:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Filosofía]]></category>
		<category><![CDATA[estoicismo]]></category>
		<category><![CDATA[filosofía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El llenar todos mis vacíos y dolores con estoicismo fue una medida muy drástica que ahora está dando problemas… Cargo con una culpa que no me pertenece, le perdí emoción a vivir. Me estremecí el día que un buen amigo compartió conmigo estas palabras. Disfrazada de una prosa encantadora, nos inunda la plaga de la [&#8230;]</p>
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<p class="has-text-align-center has-medium-font-size"><em>El llenar todos mis vacíos y dolores con estoicismo fue una medida muy drástica que ahora está dando problemas… Cargo con una culpa que no me pertenece, le perdí emoción a vivir.</em></p>



<p>Me estremecí el día que un buen amigo compartió conmigo estas palabras.</p>



<p>Disfrazada de una prosa encantadora, nos inunda la plaga de la gestión emocional que se nos presenta como clave para la felicidad y resolución de nuestros problemas con éxito. Cientos de libros, miles de ventas, millones de visualizaciones bajo nombres como <strong><em>realización personal, autoayuda</em> o <em>coaching</em></strong> nos prometen estar un paso más cerca de esa <em>eudaimonía</em> que tantos siglos llevamos buscando<em>,</em> convirtiéndola así en un <a href="https://youtu.be/LWYAUSXbCfI" target="_blank" rel="noreferrer noopener nofollow">producto de mercado</a>.</p>



<p>Esta literatura asegura a sus lectores que les enseñará los pasos a seguir para alejarse de aquellas cosas que causan su infelicidad. De esta forma, ciertas <strong>emociones y sentimientos, como el miedo, la tristeza o el dolor, son sentenciados al silencio</strong> y, con ellos, una gran parte de nuestra esencia humana. <a href="https://elpais.com/ccaa/2019/12/18/madrid/1576672559_939343.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener nofollow">Lo que no nos cuentan en sus páginas</a> es que, tras esta cancelación de las -mal llamadas- emociones negativas, tropezamos con un peligro inmenso: <strong>la creación de individuos infelices en secreto e incapaces de regularse emocionalmente</strong>, cargándose de una culpa que no les pertenece.</p>



<p>En este escenario de discursos dirigidos a la mejora, al menos aparente, de nuestra vida, se abre paso el atractivo del <strong><a href="https://elrincondeaquiles.com/estoicismo/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">estoicismo moderno</a></strong>. En los últimos años las ventas de libros relacionados con esta filosofía han aumentado significativamente, si ponemos en pie en cualquier gran librería, nos daremos cuenta de cómo estas obras han empezado a inundar las estanterías. Y, si bien es cierto, que esta avalancha de estoicismo podría ayudar a incrementar el interés por la filosofía en general, también lo es que representa un gran peligro para ella, pues no son pocas las veces que se presenta como filosofía algo que es pura <strong>palabrería.</strong></p>



<p>En este caso, los preceptos del estoicismo que se abalanzan sobre nosotros son extraídos de su contexto original, tergiversados y encajados a la fuerza en la era de las superventas de libros de realización personal.</p>



<p><a href="https://elrincondeaquiles.com/podcast/estoicismo-vs-epicureismo/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Lo que resulta atrayente de este nuevo estoicismo</a> es que promete desvelar a quien lo practica cuál es la mejor forma de <em>ser</em> y la pone al alcance de su mano. Estas enseñanzas <strong>desvalorizan a las personas que se alejan de ellas</strong> o no se comportan siguiendo sus mandatos. El individuo que empieza a interesarse por este saber aprende así que existen dos formas de ser, una buena (la del estoico) y otra mala e inferior (aquella que se aleja del estoicismo), y proyectan sus energías y acciones en amoldarse a esos límites “deseables” e, incluso, empiezan a sentir como una obligación el comportarse de acuerdo con estas enseñanzas.</p>



<p>La forma del discurso del estoicismo moderno es también muy particular: llena de <strong>frases cortas, redactadas en imperativo y que invitan (u obligan) a la acción</strong>. Sus mensajes son superficiales y nada individualizados, por lo que cualquiera podría identificarse con sus propuestas de carácter general. De esta forma, cualquier lector puede sentir que le están hablando a él directamente, se considera “elegido”, lo que le hace creer que forma parte de la comunidad y empieza a reconocer los mandatos estoicos como “deberes”.</p>



<p>Bajo la promesa general de mejorar la vida de las personas que lleven a cabo sus enseñanzas, este estoicismo lo que consigue es <strong>eliminar de un plumazo la vida biográfica del individuo</strong>, ignorando el contexto personal sobre el que ha edificado su vida hasta ese momento y haciendo creer que sus máximas son aplicables y alcanzables por todos aquellos que tengan la voluntad, fuerza y valor de llevarlas a cabo, sin importar el entorno, las experiencias o las condiciones de vida de cada uno.</p>



<p>Encontramos en sus líneas frases como “domina el placer”, “aléjate de tus pasiones”, o “el sufrimiento es opcional”. Además, advertimos que estos nuevos estoicos se definen a sí mismos como seres superiores, despiertos, más resistentes, sabios y exitosos y, en su oratoria, siempre distinguen y establecen una tensión entre los demás (los que están equivocados, o ciegos) y ellos mismos (los superiores).</p>



<p>La gran táctica del nuevo estoico para la consecución de esta vida idílica es la <strong>supresión de emociones como la tristeza, el miedo o el dolor</strong> por asociarlas a conceptos como debilidad, cobardía o inferioridad. Estas emociones se presentan como “males” para el individuo, que empieza a hacer todo lo que puede por alejarse de ellas, y no por gestionarlas y entenderlas. Bajo el engaño de que somos capaces de vivir sin ellas, lo único que consigue esta “filosofía” es llenar cada día un poco más nuestra caja de Pandora, que acabará destapándose. Estos <em>sentires</em>, aunque incómodos y dolorosos, forman parte importante de la vida anímica del ser humano y, al cancelarlos, estamos reduciendo nuestra esencia a una ínfima parte.</p>



<p>El gran peligro ante el que nos encontramos aquí es el <strong>conflicto interno que, tarde o temprano, surge entre la interiorización por parte del individuo de estas máximas y la evidente realidad de que no es capaz de llevarlas a cabo de forma satisfactoria</strong>. La persona acaba colisionando con los estándares que se había establecido como deseables y realizables, se siente incapaz de seguir el ritmo a esta filosofía y entiende que, si teniendo todo al alcance de su mano no es capaz de conseguirlo, el problema es suyo por su insuficiencia. Proyecta de esta forma una imagen de sí mismo incapaz, inferior e indeseable, completamente opuesta a lo que aspiraba ser. Los cimientos de su mundo emocional empiezan a tambalearse, es el efecto rebote del estoicismo.</p>
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